SAN IGNACIO DE LOYOLA COMO BIPOLAR
por Ramon Marquès  

                                                                                                                 

   Me propongo, respecto a San Ignacio de Loyola, hablar de la personalidad ideática, de la enfermedad bipolar y de la evolución de los arquetipos.

 

                                                              LA PERSONALIDAD IDEÁTICA

1/ En qué consiste.- En un Congreso de Psicología Transpersonal, celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, en diciembre de 1998, comuniqué sobre este tipo de personalidad.

   El contraste entre la figura de Don Quijote y la de Sancho Panza nos ofrece, de entrada, una clara penetración en la cuestión. Don Quijote, siempre centrado en las ideas, hasta olvida sus necesidades primarias. Pendiente de planes, quimeras e imaginaciones. Sancho Panza, en cambio, vive pendiente de la materialidad. Don Quijote sería una personalidad ideática, y Sancho sería una personalidad materiática.

   La personalidad ideática es la de los poetas, artistas, intelectuales y místicos, y también la cercana a los estados psicóticos. Su característica esencial la veo en su receptividad aumentada respecto a los arquetipos o al mundo de las ideas, que viene a ser lo mismo.

   La personalidad ideática sincroniza muy bien con los arquetipos que podríamos llamar superiores, los del mundo de las ideas. Y, con frecuencia, no tan bien con los arquetipos básicos ligados a la supervivencia y a la materia.

   La actividad ideática propia de tal tipo de personalidad se corresponde con lo que el Dr. Javier Álvarez, psiquiatra del Hospital de León, viene estudiando y denomina hiperia. La hiperia es, de este modo, el substrato biológico del fenómeno ideático. Y consiste en una hipersincronización de las ondas eléctricas observadas en el Electroencefalograma. Todo lo cual lo encuentro muy coherente: La hiperia es una hipersincronización a nivel de ondas cerebrales, y entiendo que la función ideática también, a su vez, es una hipersincronización a otro nivel superior más sutil. 

2/ San Ignacio de Loyola, claramente ideático.- Sobre este personaje hay una amplia y fidedigna documentación. Yo me he basado casi exclusivamente, para su estudio, en su Autobiografía, El Peregrino, dictada a Gonçalves da Câmara, y en su Diario Espiritual. Veamos una lista de características y modos de actuar, en un repaso a la biografía de San Ignacio de Loyola, que entiendo como claramente ideáticas:

   En 1521, en la fortaleza de Pamplona, cuando Iñigo de Loyola tenía 26 (¿o treinta?) años. Llegó allí con tropas de refuerzo para defender la fortaleza frente las tropas francesas que se acercan con efectivos militares superiores. Todas las autoridades son de la opinión de rendirse, reconociendo la inferioridad e insuficiencia de efectivos ante la poderosa artillería del enemigo que se avecina. Pero Iñigo de Loyola piensa que el honor y la gloría imponen resistir y luchar, y logra que se presente batalla.

   Al comenzar las hostilidades, pronto es herido gravemente en las piernas de un impacto de artillería. Pasó luego a Loyola, con una larga y penosa convalecencia de sus heridas. Allí sucedió algo que marcó un antes y un después, decidió cambiar de señor, hasta entonces había servido a un señor de la tierra, ahora quería pasar al servicio del Rey de los Cielos. Su cabeza bulle de ideas, desea imitar a los Santos, cuyas vidas lee (antes leía libros de Caballería, ahora vidas de los santos), proyecta penitencias y castidad... y decide peregrinar a Jerusalén.

   Peregrinar a Jerusalén fue una idea obsesiva. Fue una decisión firme y que nada ni nadie podría mudar. Empezó su peregrinaje en Aránzazu, siguió hacia Montserrat, luego la estancia en  Manresa y Barcelona, y sin que importaran las dificultades embarcó para Italia y finalmente Jerusalén. Allí revivió los pasos del Maestro, a quién había decidido servir. Quería quedarse en Jerusalén pero por más que hizo y se empeñó no le fue posible, tuvo que ser reembarcado a la fuerza, debido a la precaria situación con respecto a los turcos.

   Su asiduo conectar con los arquetipos superiores, o con la otra dimensión, como le queramos llamar, es una constante en la biografía de San Ignacio de Loyola que ella sola define a su personalidad como decididamente ideática. Se le aparece la Virgen y se le aparece Jesucristo, y esto sucede con frecuencia a través de su vida. En Manresa tiene la famosa iluminación del Cardener, en otra ocasión vivencia el misterio de la Trinidad... Se apercibe de acontecimientos de forma telepática y tiene premoniciones del futuro. Podemos decir no sólo que conecta bien con la otra dimensión sino que hasta vive más en la otra dimensión que en este mundo.

   Otra característica de San Ignacio de Loyola, que aparece también constantemente en su vida, es su ansia de hablar de temas espirituales y de enseñar sobre dichos temas, y al mismo tiempo de aprender. Aprender, hablar y enseñar sobre las cuestiones de la otra dimensión es una característica bien ideática que define su personalidad.

   Otra peculiaridad de San Ignacio de Loyola fue la de escribir cartas y más cartas. Se conservan unas siete mil y hay que contar con que muchas se perdieron. Lo cual considero que encaja dentro de la personalidad ideática. Plasmaba sus ideas en cartas.

   También procede tener en cuenta las características derivadas de su bloqueo hacia los arquetipos básicos, los de la supervivencia y la materialidad, que es una eventualidad frecuente dentro de la personalidad ideática. Me refiero al rechazo al cuerpo, que fue bien evidente en San Ignacio de Loyola y que podemos observar en peculiaridades como:

   Infligirse grandes penitencias y aconsejarlas,  y en el voto de castidad y de pobreza. En Manresa, durante un tiempo, no se corta las uñas ni el cabello.

   Una constante de su vida fue la de pedir limosna. Y hasta cuando recogía dinero lo daba. Todo lo que a mi entender implica un rechazo a la materialidad.

   También llama la atención que, en diversas ocasiones, rehuyera convivir con su familia. Lo interpreto como un reconocimiento por su parte de una imposibilidad de diálogo, que realmente existe entre el ideático y el materiático. Y al mismo tiempo lo podemos ver como un rechazo a lo materiático. 

   

                                                                      LA ENFERMEDAD BIPOLAR 

1/  En qué consiste.- Hipócrates, unos cuatrocientos años a. de J., habla ya de la depresión y de la manía, pero aún las ve como enfermedades separadas. A Areteo de Capadocia, en el siglo II de nuestra Era, se le cita como el primero en asociar a ambas en un mismo proceso patológico. Pero no fue hasta finales del siglo XIX que Kraepelin, un psiquiatra alemán, describió a la enfermedad maníaco depresiva de una forma que se ha considerado como definitiva.

   Más la Medicina sigue su marcha imparable y uno de los campos donde se ha podido ver últimamente el progreso ha sido precisamente en esta enfermedad bipolar o maníaco - depresiva. Akiskal, psiquiatra de EE.UU., señala un nuevo escalón al amplificar el espectro bipolar. Incluye dentro de este espectro amplificado a algunas depresiones cíclicas sin fase maníaca evidente y a determinados desequilibrios temperamentales o caracterológicos. Por otra parte, la Farmacología ha hecho recientemente grandes avances en el tratamiento de la enfermedad bipolar al demostrarse el efecto de los antiepilépticos y al introducir nuevos neurolépticos. 

 

2/ San Ignacio como bipolar.- Veamos las manifestaciones depresivas y las propias de una fase maníaca:

   a/ Manifestaciones depresivas.- En Manresa, en 1522, después de una  “igualdad grande de alegría”, pasa a una fase claramente depresiva, sintiendo tristeza, deseos de morir y hasta impulsos de suicidarse, que controlaba porque entendía que esto ofendía a Dios.

   b/ Manifestaciones propias de la fase maníaca.- En una primera apreciación, que luego he visto errónea, pensaba que la abundancia de lágrimas y sollozos, que son otra característica de nuestro personaje, eran un signo de depresión. En el Diario Espiritual, en Roma, el año 1544, está muy bien documentada esta propensión a llorar y sollozar que aparece a diario y muchas veces. Pero entiendo que son lágrimas que van acompañadas de devoción y fervor, y que bien podemos interpretar como lágrimas de alegría. Aparecen también junto con lo que él llama locuela  (de loqui, hablar), las voces que oye,  y creo que a ambas podemos catalogar como manifestaciones propias de una fase maníaca.

   Pero es que todas las manifestaciones ideáticas, en realidad, son un exponente de la actividad hipérica de la que habla el Dr. Javier Álvarez, y son un equivalente de la manía. Yo pienso que una personalidad ideática es un criterio a favor al valorar la manía o la hipomanía, y pienso que una personalidad ideática muy acusada ya puede ser un equivalente de una fase maníaca. Todo lo cual entiendo que está en la línea de los conceptos sobre la hiperia y en la línea de Akiskal, de amplificar el espectro bipolar.

   Quiero hacer constar que, si bien considero que hoy podríamos ayudar farmacológicamente a San Ignacio de Loyola, él resolvió su enfermedad de una forma heroica y admirable. 

             

                                                 LA EVOLUCIÓN DE LOS ARQUETIPOS  

   Estoy estudiando e investigando ahora sobre la inteligencia intuitiva y observo el papel fundamental que allí desempeñan los valores junto con los arquetipos. Y de los arquetipos, uno que vengo estudiando desde hace muchos años es el arquetipo de la mesianidad. Esta llamada a una misión que, de una forma vocacional, viene de otra dimensión, o del inconsciente, si Vd. prefiere entenderlo así. Una llamada que puede percibirse de diferentes formas que, a la vez, son susceptibles de evolución. Veamos como percibió San Ignacio de Loyola la mesianidad y como sucedió su evolución.

   En las murallas de Pamplona la actitud de Iñigo de Loyola es la del héroe que está dispuesto a dar su vida por la defensa de unos valores. Y es precisamente el arquetipo del héroe un arquetipo básico en el desenvolvimiento del ser humano.

   Una vez herido hay un cambio radical que se ha comparado al de Pablo en el camino de Damasco. Iñigo de Loyola apunta más allá del héroe, un arquetipo que, evidentemente, la evolución implica superar. Pero nuestro personaje, si bien tiene clara esta superación, todavía no sabe concretamente cual es su misión. Conocer la propia misión, en efecto, como mínimo suele requerir tiempo. Lo que se le aparece como inmediato, el ansia de peregrinar a Jerusalén, no es más que un símbolo y un sustituto de una misión más auténtica que irá apareciendo después.

   Cuando regresa de Jerusalén siente la llamada a aprender y a enseñar. Ya antes le gustaba hablar de cuestiones espirituales, escuchar y exponer, pero ahora ha decidido seguir la senda, hasta podríamos decir el peregrinaje, de un auténtico estudioso. Primero Barcelona, luego Alcalá, Salamanca y, por fin, unos cuatro años en París, dedicado a aprender y sin renunciar a enseñar. Aprender y enseñar creo que también son arquetipos universales que, a veces, como en el caso de San Ignacio están en el camino de una meta posterior.

   Y la meta de San Ignacio fue finalmente la fundación de su obra, la Compañía de Jesús, que para él representó dar cima a su misión, o sea, la culminación de su mesianidad.

   A mi entender, fue esta correcta evolución arquetípica y su heroísmo por llevarla a cabo, lo que le hace acreedor de la santidad que la Iglesia le concedió, y lo que le hace merecedor de nuestra admiración. 

 

         (Conferencia pronunciada en Manresa, en la Fundación Caixa de Manresa, el día 23-IX-99)
                                                
Patrocinada por Caixa de Manresa
                     
Organizada por la Asociación de Bipolares del Bages, Berguedá y Solsonés  

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